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La complejidad del universo cautivó,
desde el amanecer de su historia, al pueblo maya. Los científicos
de esta civilización mesoamericana se distinguieron por
su espíritu incansable y una capacidad de abstracción
que, como su mirada, iba más allá de las estrellas.
Los astrónomos mayas fueron atentos observadores del cosmos
y magníficos intérpretes de sus misterios. Del alba
al ocaso, los cuerpos celestes y su transcurso por el firmamento,
constituyeron la materia prima para que los mayas pudieran estudiar
el ritmo reinante, y poder así comprender los ciclos regentes
de la naturaleza. A esta comprensión del universo se añade
el avance de su ciencia matemática, caracterizado por su
sistema numérico. La combinación de ambos dio como
resultado lo que quizá sea el ejemplo más claro
e importante sobre las apreciaciones que hemos hecho acerca de
los logros de esta cultura: el calendario del año solar
o Haab, que por su exactitud se compara con los actuales
cálculos calendáricos, ya que difiere de ellos tan
sólo por un error de 17.28 segundos.
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El Haab
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El Haab se compone de 18 meses (uinales)
de 20 días (kines), más un mes
con cinco días sobrantes (uayeb).
1 KIN = 1 día
1 UINAL (mes) = 20 KINES
1 HAAB (año) = 18 UINALES (meses)
de 20 KINES (días) + 1 UAYEB
(5 KINES, días sobrantes)
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20 KINES
(días)
IMIX
IK
AKBAL
KAN
CHICCHAN
CIMI
MANIK
LAMAT
MULUC
OC
CHUEN
EB
BEN
IX
MEN
CIB
CABAN
EZNAB
CAUAC
AHAU
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18 UINALES
(meses)
POOP
UOO
ZIP
ZODZ
TZEC
XUL
YAAXKIN
MOL
CHUEN
YAAX
ZAC
CEH
MAC
KANKIN
MUAN
PAX
KAYAB
CUMKU
UAYEB
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Para los mayas, las manifestaciones de la naturaleza recurrían
cíclicamente, se combinaban y seguían parámetros
numéricos determinados; de ahí que hayan dado tanta
importancia al estudio de las lunaciones, las conjunciones, eclipses
y la periodicidad de las manchas solares.
El tiempo, y por lo tanto, los sucesos que ocurrían dentro
de él, obedecían a esta armonía cósmica
a la que se aproximaron con tanta exactitud y que en su afán
por prever y planificar el futuro, dio origen a un segundo calendario
o almanaque de 260 días, que regía la vida de cada
individuo y todas sus actividades, tanto las rituales como las
cotidianas.
Este almanaque, llamado Tzolkín, era utilizado
por los sacerdotes para determinar el día en que se debía
sembrar, ir a la guerra, efectuar un matrimonio y cualquiera otra
labor. Se constituye por la combinación de 13 números
con 20 signos, que da 260 días.
Al conjuntar el calendario solar, Haab, común a
toda la sociedad, y el almanaque, Tzolkín, que a
manera de horóscopo contenía designios preestablecidos
para cada individuo, se formaba un gran ciclo o Rueda Calendárica
que abarca 18 980 días, es decir 73 ciclos de 260 días
(contando con el Tzolkín) y 52 años solares
(contados con el Haab), y se completaba cuando una fecha
se repetía en ambos calendarios.
A partir del uso de la Cuenta Larga, es decir, la del Haab,
los mayas trazaron un principio de los tiempos en la fecha 4 AHAU
8 CUMKÚ, que aparece repetidamente en las inscripciones
de distintos monumentos. Para los mayas, esta fecha, que equivale
al 13 de agosto de 3114 a.C. de nuestro calendario, pudo significar
el inicio de la era cósmica en la que ellos abrieron los
ojos a la luz en el universo y, aunque no haya vestigio claro
sobre el acontecimiento que le otorgara el sitio de punto de partida
de una historia, nos deja la sensación de que la civilización
maya estaba muy consciente de que las cosas tienen siempre un
principio y un fin; una época de esplendor y gloria y otra
para el colapso y el regreso a la nada.
Su
sistema calendárico, la preocupación por los eventos
astrales y los múltiples hallazgos sobre las expresiones
de dichos estudios, nos dicen mucho de una sociedad que comprendió
la mínima temporalidad de lo humano. Conscientes, tal vez,
de su posición en el Cosmos, los mayas ubicaron y dejaron
huella del momento en que vivieron y, anticipándose a la
incontenible corriente de los siglos, confiaron a la dureza de
la piedra los signos que en el futuro podrían influir en
la vida de sus hijos y sus nietos, así como la evidencia
de las glorias pasadas.
Si no tuviéramos conciencia del momento en que vivimos,
ni guardáramos memoria de él, seguramente nuestras
vidas serían historias imprecisas, remolinos de anécdotas
inconexas, de sucesos que se perderían por no tener una
forma de anclarse en el recuerdo de la colectividad.
Los mayas tuvieron muy presente la importancia que representaba
para su pueblo el estudio del tiempo y el registro preciso de
los acontecimientos; percibían en cada cambio de la naturaleza
un influjo invisible, el rotar del universo, del que ellos sabían
no eran el eje, sino un engrane más en las ruedas del tiempo.
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