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Si
los dioses cifraron el cosmos para que los hombres leyeran en
él su historia y su porvenir; para que se enorgullecieran
de su linaje divino y su vocación sagrada, los mayas, poseedores
de la sensibilidad del artista y el don del mago, lograron descifrar
el lenguaje de los dioses: conocieron el poder de la palabra y
la seducción de las texturas, y dejaron también
su testimonio en la Tierra; labraron una escritura a partir de
la Escritura -aquélla que trazaron los dioses- en la piedra
-la de sus estelas y edificios- el estuco, la fibra de papel amate
de sus códices, los laberintos del caracol, los aros del
juego de pelota, los dinteles de madera, las joyas, los utensilios
de cerámica, e incluso la bordaron en sus vestidos. La
poesía impregna prácticamente todos sus escritos:
es profunda, mística, y está poblada de imágenes
de fuerte carga simbólica, como puede apreciarse en el
poema citado contiguamente.
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Tristísima estrella
adorna los abismos de la noche;
enmudece de espanto en casa de la tristeza.
Pavorosa trompeta suena sordamente
en el vestíbulo de la casa de los nobles.
Los muertos no comprenden, los vivos
comprenderán.
Toda luna, todo año, todo día, todo
viento
camina y pasa también,
así toda sangre llega al lugar de su quietud,
como llega a su trono y poder...
Cantando tocaré
el armonioso, sonoro instrumento.
Vosotros, fascinados por las flores,
danzad y alabad al Dios omnipotente.
Gocemos de esta breve dicha,
porque la vida es sólo un momento fugaz.
(Poema maya traducido por Antonio Médiz
Bolio)
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La literatura estaba al servicio de la religión, pues
la relación con la divinidad fue para los mayas prehispánicos
el eje de la vida comunitaria. Así, al igual que la ciencia
y otras disciplinas, el arte se concebía más como
una expresión de lo sagrado que como una forma de creación
personal o colectiva. La escritura misma era sagrada, y sólo
la conocían unos cuantos hombres, por lo general sacerdotes,
a quienes les eran revelados los designios de los dioses y las
leyes divinas que mantenían el orden cósmico.
Así, los libros fueron objeto de veneración. En
aquel entonces, los textos sagrados se leían en los rituales
y ceremonias litúrgicas para que la comunidad fuera consciente
del sentido de su existencia, tal como hoy sucede con los libros
de otras religiones, como la judía o la católica.
Además, eran anónimos. A nadie se le habría
ocurrido firmar su obra, pues los autores no eran vistos como
tales, sino como meros transmisores de la voluntad divina y de
la herencia espiritual de su pueblo.
Los
mayas crearon una escritura pictográfica de alto colorido
y sumamente compleja, acaso la más desarrollada de la América
precolombina, y la plasmaron principalmente en códices
-libros de papel amate doblados en forma de biombo- a los que
los mayas yucatecos llamaban anahte. De éstos, sólo
sobreviven tres: el Dresdensis, el Peresianus y
el Tro-Cortesianus, conocidos también como códices
de Dresde, París y Madrid, respectivamente,
por ser las ciudades donde actualmente se encuentran; estos códices
contienen, básicamente, información sobre los primeros
conocimientos astronómicos y la invención del calendario.
En cambio, hasta la fecha existen cientos de textos en piedra
y en estuco, muchos de ellos sin descifrar.
Con la Conquista se perdió el conocimiento de la escritura
maya; probablemente, lo que hoy conocemos como literatura maya
habría desaparecido también de no haber sido por
algunos nobles educados por frailes españoles, quienes
se dieron a la tarea de preservar su historia, sus tradiciones
y creencias religiosas escribiéndolas en su lengua materna,
pero con el alfabeto latino. Esto sucedió en toda el área
maya a lo largo del siglo XVI, cuando surgieron libros indígenas
en las comunidades de Guatemala, Chiapas, Yucatán y Tabasco.
De
esta vasta producción, pueden distinguirse dos tipos de
libros: los que fueron escritos con fines legales, y los que se
convirtieron en los nuevos libros sagrados. Los primeros sirvieron
a los indígenas mayas como títulos de propiedad
de las tierras heredadas por sus antepasados; en ellos se estableció
el origen de los principales linajes y se narraron los acontecimientos
más importantes de cada pueblo. No obstante, los autores
desvirtuaron con frecuencia su propia historia, mezclándola
con la de los hebreos, a fin de mostrar a las autoridades españolas
que habían asimilado las enseñanzas de los frailes.
Pero, a pesar de que, al menos en apariencia, los mayas habían
decidido convertirse al catolicismo, hubo otros textos nacidos
de la necesidad de conservar la religión, las costumbres
y la herencia mística prehispánicas; en ellos se
recogieron los mitos cosmogónicos, buena parte de la tradición
oral viva hasta entonces, y los principales acontecimientos del
momento. Estos libros se leían en las ceremonias religiosas
secretas de los mayas, prohibidas durante la Colonia y castigadas
con pena de muerte para todos los participantes. Por ello, fueron
celosamente guardados por las principales familias de cada comunidad
y heredados de padres a hijos.
Ésta fue la razón de que su existencia permaneciera
oculta hasta el siglo XVII, cuando algunos de estos textos fueron
hallados por destacados estudiosos de la cultura maya. Los más
importantes y conocidos son el Popol Vuh de los quichés;
el Memorial de Sololá -conocido también bajo
el título de Anales de los cakchiqueles- y los libros
del Chilam Balam de los mayas yucatecos, de los cuales
el más conocido es el Chilam Balam de Chumayel.
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