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| El Caracol,
observatorio astronómico en Chichén Itzá |
Si algo sorprende a los estudiosos de la civilización
maya es su abismal conocimiento de los cielos, aprehendido únicamente
por medio de la observación y el análisis detenido
de la bóveda celeste y de los ciclos naturales a lo largo
de varias generaciones. Los conocimientos astronómicos
estaban íntimamente ligados con la escritura, las matemáticas
y, muy particularmente, con el calendario, fundamental para un
pueblo dedicado a la agricultura.
El establecimiento de los ciclos agrícolas requería
un minucioso estudio del cielo diurno y nocturno; de la trayectoria
del sol, las fases de la luna y la posición de algunas
estrellas. Todas estas observaciones fueron sistematizadas, repetidas
una y otra vez, registradas y , finalmente, vinculadas con la
vida material y espiritual de los mayas. Pero, ¿quiénes
eran los encargados de mirar hacia las estrellas?
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Equinoccio en Dzibichaltún
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Generalmente, los sacerdotes; hombres de sabiduría que
apoyaron su cosmovisión en instrumentos de medición
muy rudimentarios, casi milagrosos por la vasta información
que aportaron. Para establecer la trayectoria de los astros, los
sacerdotes tomaban asiento diariamente en un mismo punto -por
lo común, la parte más alta de un templo- durante
largos periodos, y fijaban la vista en el horizonte; con este
método, y un palo plantado en el suelo, lograron determinar,
por ejemplo, el paso del sol por el cenit, pues al encontrarse
el sol en su punto más alto el palo no proyectaba sombra.
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| Glifos en Las Monjas, Uxmal, que
representan un eclipse solar |
Con el mismo objetivo, los mayas también empleaban dos
varas o hilos cruzados, formando una equis; desde este punto fijo
de observación, con un detalle natural en el horizonte
como referencia, anotaban el lugar desde donde salían y
se ocultaban determinados cuerpos celestes a lo largo de varios
meses. De este modo lograron establecer, con asombrosa precisión,
los ciclos lunares, solares y venusinos y observar las conjunciones
estelares que más les interesaban.
A pesar de estos rudimentarios procedimientos, los sacerdotes
mayas superaron sus deficiencias técnicas con una labor
constante y cuidadosa en extremo, realizada con una entrega y
un rigor que bien podrían calificarse como científicos;
de otra manera no se explica la asombrosa exactitud de sus cálculos
astronómicos y de las correcciones hechas a sus calendarios.
Por ejemplo, sabemos que los mayas tenían un año
civil fijo de 365 días, y que comprendieron que había
discrepancias entre éste y el año trópico
verdadero, el cual, según la ciencia moderna, requiere
de 365.2422 días para efectuarse. Así, concibieron
una fórmula de corrección calendárica en
la ciudad de Copán, Honduras, hacia los siglos VI o VII
de nuestra era. Con esta corrección, su calendario quedó
más cerca de la realidad que el nuestro: su año
fue fijado en 365.24.20 días, mientras que el calendario
que nos rige abarca 365.24.25 días.
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| Formación de la serpiente en la
Pirámide de Kukulkán, Chichén
Itzá, durante el equinoccio lunar |
Los mayas también calcularon correctamente la duración
de la lunación. Formularon su calendario lunar por el antiquísimo
y muy exacto procedimiento del tanteo, interpolando meses de 29
y 30 días a lo largo de 405 lunaciones sucesivas. La discrepancia
con respecto al ciclo lunar real es mínima.
Asimismo, es muy probable que conocieran también otros
planetas, además de Venus, y que registraran sus ciclos
o revoluciones sinódicas, pues por las menciones en las
fuentes históricas se deduce que los mayas se interesaron
por numerosas constelaciones y estrellas, como la Polar, a la
que designaban como Xaman Ek, la gran estrella, la cual
fue empleada como guía para viajeros y comerciantes; las
Pléyades, a las que llamaban Tzab -como los cascabeles
de las serpientes- y la constelación de Géminis,
a la cual denominaban Ac, la tortuga.
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Glifo que representa a Venus, la primera estrella de la
tarde
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De tanto observar los cielos los mayas notaron, no sin asombro
y cierto terror, que determinados días del año el
sol, durante algún tiempo, quedaba parcialmente oscurecido
o incluso desaparecía del todo; cuando esto sucedía,
imaginaban que una bestia celeste intentaba devorar al sol, y
que si el monstruo triunfaba se acabaría el mundo. Esta
posibilidad le causaba tal pánico al pueblo maya que para
los sacerdotes -quienes sabían que el oscurecimiento del
sol era producto del cruce de las trayectorias del sol y de la
luna- era fácil obtener, con esta terrible amenaza, ofrendas
excepcionales, mayor sumisión e incluso sacrificios humanos.
No obstante, de los 69 eclipses anunciados en el Códice
Dresde, sólo 18 fueron visibles en territorio maya.
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Equinoccio lunar en la Casa de las 7 muñecas,
en Dzibichaltún
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Así, es evidente que la astronomía jugó un
papel fundamental en la sociedad maya: no sólo determinó
gran parte de su cosmovisión y muchas de sus creencias
religiosas, sino también, incluso, su arquitectura -muchos
edificios fueron construidos de acuerdo con la alineación
de algunas estrellas, incluidos los observatorios- y su concepción
del arte y de la ciencia. En resumen, para los mayas observar
los cielos no fue sólo un placer; fue también una
manera de entender y construir el mundo, su mundo.
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